De un tiempo a esta parte, la mala suerte se instaló en Bolívar y Pellegrini. Problemas institucionales, lesiones de jugadores clave, conflictos internos y agresiones conforman el cóctel explosivo que viene golpeando a la institución, y que amenaza con expandirse. Dicen que las brujas no existen, pero con tanta mufa junta, en La Ciudadela ya comenzaron a dudar de ello. El maleficio comenzó hace casi un año y, por ahora, parece no tener fin.
El 26 de julio de 2011, el "santo" perdió la Promoción contra Desamparados y cayó al mismísimo infierno representado en un torneo: el Argentino A. De ahí en adelante se sucedieron las desgracias.
Con el club sumergido en la tercera categoría nacional, los hinchas explotaron de bronca. Disconformes con algunas decisiones de la comisión directiva que encabezaba Rubén Ale, decidieron salir a la calle y exteriorizar su descontento. En medio de esa lucha, el plantel soportó un importante atraso en los sueldos y aunque muchas veces amenazaron con no presentarse a jugar, decidieron ponerle el pecho a la situación. Mientras tanto los hinchas siguieron luchando.
Un par de meses después, lograron su cometido. El club volvió a tener elecciones y fue allí donde los socios decidieron que Emilio Luque tome las riendas. La llegada del empresario sirvió para comenzar a apagar un incendio que amenazaba con destruirlo todo. "Fue muy feo el momento que pasamos, antes del cambio de autoridades. Estuvimos muy atrasados en los sueldos y sin saber a quién recurrir. Por suerte con esta dirigencia la situación cambió", afirmó Antonio Ibáñez.
Traigan ajo
Si alguien intentó embrujar al "santo", vaya si lo consiguió. A los problemas institucionales que padeció se sumaron una catarata de lesiones, justo cuando el horizonte parecía despejarse.
Durante el receso de fin de año, y con el equipo luchando en los primeros lugares, la malaria volvió a dejar su huella. Una serie de tormentosas lesiones comenzaron a dejar soldados en el camino. Patricio Rodríguez, Nicolás Triviño y Jorge Scolari sufrieron rotura de ligamentos cruzados, mientras que Maximiliano Martínez tuvo que ser operado de una doble luxación en el hombro. Un tiempo antes, Federico Turienzo había dejado las canchas por un problema en su pierna derecha. Lesión que hasta el día de hoy no lo deja en paz. "Es increíble la mala racha que tuvimos. Es muy raro que en un equipo haya tantas lesiones graves juntas, pero no queda otra que ponerle el pecho a la situación", sostuvo "Pato" Rodríguez, una de las víctimas de la epidemia.
Pero eso no era todo. Cuando el plantel parecía superar ese golpe, llegó otro. Una bomba de estruendo arrojada por hinchas durante el partido contra Alumni cayó cerca de un jugador rival. Los cordobeses aprovecharon la situación e hicieron suspender el duelo. A San Martín le dieron por perdido el partido, lo que le impidió terminar primero en su zona.
Luego, el equipo sumó triunfos claves y abrochó el pasaje a la ronda final, pero el embrujo sumó un nuevo capítulo. Con el equipo clasificado con 17 partidos invictos, y cuando todo parecía ser color de rosa, llegó otro cachetazo. Pedro Monzón, por entonces técnico, protagonizó un escándalo en Rafaela: agredió al gerente del club, Juan Carlos Ardiles. El triste episodio culminó con una denuncia policial y con el DT destituido.
El bombero
La llegada de Miguel Amaya generó una gran expectativa entre los hinchas. Y cuando todo parecía encaminarse hacia la tierra prometida, el mal volvió con toda su furia. En el partido contra Santamarina, Víctor Beraldi chocó su cabeza con la de un rival y quedó inconsciente en el campo. Muchos se asustaron y, aunque el volante se recuperó, comenzaron a hablar sobre la extraña maldición que persigue a la institución.
"Hay que exorcizar el club, esto no es normal", es el pensamiento de muchos en los pasillos de La Ciudadela. Dicen que no hay mal que dure 100 años, pero en La Ciudadela quieren que esto termine de inmediato.